martes, 4 de junio de 2013

Mekong abajo

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Temprano en la mañana, todavía amaneciendo, tomamos un taxi que nos llevaría desde Chiang Rai hasta la frontera con Laos.

A medio camino, hubo un momento de semi pánico, cuando nos dimos cuenta de que el taxista no hablaba ni papa de inglés, y cuando quisimos reconfirmar el destino, tuvimos que arreglárnoslas con señas e intentando pronunciar correctamente el nombre del pueblo que salía escrito en la guía de Lonely Planet, siendo esto último en lo que menos nos destacamos; nuestro tailandés no es precisamente fluido.

 Cuando por fin llegamos a la frontera, luego de par de pelones, que el taxista rápidamente corrigió preguntando por ahí, nos bajamos en la especie de caseta fronteriza laosiana, donde nos esperaba nuestro agente de cruce de frontera de la compañía que yo había contratado para rentar el barco que nos llevaría a Luang Prabang.

La operación fue tipo intercambio de rehenes amigable y eficiente. El guía nos dio las instrucciones de inmigración, nos regaló una bolsa bordada con el nombre de la compañía y nos entregó en manos de su colega laosiano, quien nos cruzaría en río hasta el lado de Laos y nos entregaría, una vez más, a nuestro guía definitivo, cuyo nombre era Phet.

Phet resultó ser un encanto. Era un muchacho buena presencia, laosiano, con un inglés muy fluido y una paciencia estupenda para contestar las ochocientas millones de preguntas que mi papá le hizo durante los dos días de viaje.

Así que una vez que una vez que estábamos en manos de Phet, nos montamos en nuestro barquito privado, que, a pesar de su capacidad de 30, resultó siendo totalmente nuestro. En pocas palabras, por el precio de gallina flaca, tuvimos nuestro barco con capitán, cocinera, guía y marinero a todo dar. (Great deal, me!)

A una velocidad super relajada, navegando río abajo, la travesía por el Mekong es una especie de break necesario en este tipo de viajes ajetreados, que te permite contemplar la naturaleza, ver a los búfalos de río gozar en el agua, digerir con más calma la avalancha de información que has recibido, meditar, caerle a preguntas al guía, escribir, y por supuesto, descansar el cuerpo y los piesitos que ya a estas alturas están bastante golpeados. (Especial agradecimiento por parte de los pies de Diosa)

En Laos, la población está dividida en High Land, Mid Land y Low land people. La diferencia fundamental, según pude entenderle a Phet, son sus creencias religiosas y estilos de vida.

Cuando llevábamos 3 horas de camino, paramos en una de estas villages para conocer el estilo de vida de los Low Land, quienes, a diferencia de la mayoría de la población, no son Budistas, sino que creen en espíritus. El pueblito era de lo más rudimentario, pero dentro todo super organizadito, con sus casas típicas elevadas, con paredes de una especie de tejido tipo cesta, con cableado para electricidad, agua potable comunitaria dada por el gobierno y antenas de televisión, casi tan grandes como las mismas casitas.

Phet nos explicó que en Laos hay una especie de comunismo político, más no económico. Solo existe un partido político (comunista), pero que por lo visto no se parece en nada al comunismo latinoamericano. Aquí según nos cuentan los locales, el gobierno hace muy bien su trabajo proporcionando salud, educación y servicios fundamentales como agua, electricidad y protección de parques nacionales.

Luego de nuestra vuelta al barco, más ilustrados en la organización político-económica de Laos, nos esperaba en el barco un festin de comda laosiana. La señora se fajó a cocinarnos un caldito de vegetales con bolitas de cerdo divino, bamboo salteado con cochino (que el gordo casi va y besa a la cocinera), unos vegetales salteados también muy buenos, un pescado frito y unas fruticas frescas de postre para completar una de las mejores, e inesperadas, comidas del viaje.

Como a eso de las 4pm, llegamos al pueblito donde dormiríamos una noche, que es parada obligada de todos los botes lentos. Un pueblucho de no más de 500 habitantes, donde, sin lugar a dudas, la única actividad económica es darles de comer y dormir a los backpackers que van camino a Luan Prabang. El pueblo es una calle, con hostales, restaurantes y bodegas de lado y lado, que en las guías de viaje pintan como un hueco de rata poco agradable. Para mi sorpresa, el sitio no es tan malo, tiene su charm. De hecho, hasta venden crepes en la calle, preparadas con creperías dignas de las calles de Paris, pero rellenas con unas mermeladas gelatinosas y unas mezclas un poco bizarras (huevo revuelto con mermelada azul y dulce de leche) que no creo que le agradarían mucho a los franceses.

Para rematar el hedonismo del día, Phet nos ha llevado al restaurant de su amigo, asumiendo la apuesta que le hice, donde aceptó que si no nos gustaba la comida, pagaba él. Pues el muchacho tenía razón, el amigo, o la esposa del amigo, era un genio en la cocina. Ahí en una cocinita mínima ni muy bien iluminada, nos prepararon un festín de curries de búfalo, ensalada caliente, también de bufalo y demás delicateses de la comida laosiana, que hasta ahora no paraban de impresionarnos.  Y para acompañar la cenita, probamos la dichosa bebida nacional, conocida por todos como Lao Lao, la cual está hecha de sticky rice fermentado. Brindamos par de veces , y ya como a la tercera, Diosa puso carácter y le dio un freno al gordo, que si es por él, se queda con Phet dándole duro a la botella.

Y asi era como terminaba nuestro primer día en Laos. Un país del que sabíamos muy poco, pero que hasta ahora nos cautivaba por su gente muy amable, sus comidas estupendas y su encanto virginal de tierras inexploradas que poco queda en esta zona.


1 comentario:

  1. entre en google maps a ver por donde andan...bien lejos!! lonely planet!

    sigan disfrutando

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