martes, 21 de mayo de 2013

Los conejos de Chiang Mai


Este post no es precisamente sobre los conejos que viven en Chiang Mai, sino de los conejos de nosotros que caímos mansitos e inocentes en la trampa de los guías turísticos de las agencias de Eco turismo de Chiang Mai.

Si mal no recuerdo, hace unos días mencioné que, al llegar a la estación de tren, sucumbimos a comprar un Eco tour por las montañas de la región, donde nos pintaban paseos exquisitos en elefantes, rafting “super emocionante” en balsitas de bambú, visitar a unas comunidades interesantísimas y raras, unas cascadas “breath taking” y, como si fuera poco, una comida local de chuparse los dedos.

No somos particularmente de los que agarra tours turísticos, ni se apunta en esos grupitos de japoneses en cambote, pero como la cosa sonaba interesante, decidimos darle una probadita.

Temprano en la mañana, llegó a buscarnos la Van con todo el grupo de los otros conejos, que cayeron igual que nosotros en la trampa, quienes nos veian desde adentro con sus caritas de inocencia, cual vaquitas que van al matadero.

Una vez que el guía entra al lobby por nosotros, el gordo descubre que perdió el voucher de pago! Que vergüenza con la gente que esperaba por nosotros!! De la angustia mi mamá y yo corrimos a la habitación, buscamos de arriba a abajo, y ya cuando estábamos perdiendo la esperanza, apareció el dichoso papelito abandonado en una esquina entre facturas. Al bajar, con el voucher en mano como si nos hubiéramos ganado el Kino, descubrimos que la camioneta no estaba, y habían decidido seguir su ruta, y buscarnos a la vuelta. Así que nos sentamos como niñitos regañados en la entrada del hotel a esperar apenadísimos a nuestros compañeros de “aventura”.

Luego de una hora y media de camino, donde el gordo no paró ni un segundo de hablar con unos españoles que conoció en la van, (mi mamá y yo nos compadecíamos de los pobres, porque seguro los tenía atormentados), por fin llegamos al dichoso “rafting de bamboo”.

De rafting no tenía una carajo. Nos lanzaron por un rio igualito al de Choroni, montados en una tablita hecha de bambús amarrados, que iba toda torcida por el peso del gordo, e iba empujada por un muchachito que se apoyaba con otro bambú en el fondo del rio. Mi mamá y yo íbamos muertas de risa, no por la emoción del rafting, sino porque habíamos venido tan lejos pa lanzarnos en un río igualito al del patio de atrás de nuestra casa.

De allí, con los culos todos mojados, nos llevaron al famoso campamento de elefantes. La verdad es que los elefantes eran un belleza. Habían más de 5 elefantas y una de ellas tenía una criaturita de 20 días de nacido que nos tenía a todos enternecidos.
Cuando a uno le dicen 20 días de nacido, uno se imagina que puede cargarlo, apurruñarlo, hacerle avioncito y demás. Pero la verdad es otra. El “elefantico”, a pesar de sus miserables 20 días de nacido, era un grandulón, con una fuerza tal que cuando salía corriendo como desenfrenado contra mi, de vainita me tumba. Lo más cómico es que el elefantico era como alocadito y energúmeno. Corría desenfrenado hacia mi y en lo que trató de agarrar una de mis sandalias, que abandoné cuando huía de él, le dio como un ataque de histeria porque no pudo llevársela y salió corriendo donde su mamá a descargar la frustración. Ese episodio, sin duda que valió todo el viaje. El elefantico era la cosa más divina del mundo. Mi mamá hubiera dado lo que fuera por hacerle “tunga tunga” en los brazos y papá de vaina se queda  arrastrándose a tomar una siesta con él.

Al rato,  nos llaman para dar el paseo en los elefantes. Nosotros, emocionadísimos, nos lanzamos sobre nuestro elefante listicos para un paseo delicioso. Pero la verdad es que de delicioso no tuvo mucho, especialmente para mis padres, que iban sentados en una especia de silla de metal durísimo que le montaron en la espalda, mientras yo iba sentaba sobre el cuello, vacilándome una de la niña de la selva.

Mientras los elefantes se encaramaban sobre los cerros, mi mamá se agarraba de la silla con cara de pánico y el gordo no encontraba acomodo. Los españoles que iban atrás no paraban de gritarle al elefante, quienes desesperados gritaban “este elefante no para de tirarnos mierda”. Nosotros no podíamos de la risa. Entre los gritos de los españoles que sufrían con su elefante, las mentadas de madre de mi papá y los nervios de mi mamá que en cualquier momento se caía, el paseo resultó ser un show.

Al salir de ahí, nos llevaron a nuestro estelar “almuerzo”. Para ponerlo corto, nos sirvieron un tobo de arroz y 3 platicos de vegetales hervidos con un picantico. Nosotros picábamos discretamente los vegetales, así como para no llenarnos mucho para el plato principal, pero cuando ya habían pasado más de 20 minutos, tuvimos que afrontar la dura realidad de que el plato principal era esa tristeza de comida de hospital que teníamos enfrente.

Con las barrigas llenas de arroz y vegetales simples, nos llevaron a las famosas comunidades rurales. No quiero ser despectiva, pero esta vaina era un pueblucho, más nulo que cualquier pueblito perdido en un rincón de Venezuela, con unas señoras que nos querían vender mantas, pulseritas, Red Bull y cuanta cosa les sobraba por ahí. A estas alturas, ya yo estaba perdiendo la paciencia. No podía creer cómo se podía ser tan conejo como para haber desperdiciado todo un día de viaje en esta pendejada. Pero como ya estábamos ahí, y no había escapatoria, respiramos hondo y seguimos nuestra “aventura”.

Una vez que nos libramos muy educadamente de las señoras y las niñitas, y para cerrar con broche de oro, nos fuimos a ver la cascada fabulosa. La cascada, como era de esperarse, era como el Chorreron de Chuao. Ni más ni menos. Muy bonita, pero, como dije arriba, tan lejos pa ver lo que tengo el patio de mi casa. 

Y ya cuando caía la tardecita, nos montamos en nuestra van, ansiosos de volver a Chiang Mai, donde agarramos inmediatamente nuestra moticos y fuimos a intentar recuperar el tiempo perdido. Pero lo máximo que logramos fue ver por encima el Night Bazaar (que ni se le acerca en calidad al de los domingos) y dar una vueltica de reconocimiento por los bares la ciudad.

 

1 comentario:

  1. Gracias por los cuentos!

    Y como dice Proyecto Uno:
    "No pares, SIGUE, SIGUE. No pares, SIGUE, SIGUE."

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