sábado, 11 de mayo de 2013

Destino Bangkok

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Luego de un día mas de paseo por Hong Kong, donde nos la tomamos con más calma, terminamos de hacer todo el recorrido típico turístico, que, obviamente, no podía dejar de lado, subir al Peak (la montaña que queda justo detrás de la ciudad) para ver la estupenda vista de la ciudad desde lo más alto, y dar una vueltica por el Kowloon Park.

Y así, luego de unos 3 días de novedad, diversión, caminatas interminables, comilonas de Dim Sum y vistas inolvidables, nos montamos en nuestro avión con destino to Bangkok, bitches! (como diría el estupendo Mr. Chow)

Sin perder mucho tiempo, al aterrizar en Bangkok, nos montamos en un taxi para que nos llevara al hotel a soltar las maletas y salir disparados a continuar nuestra aventura.

El hotel, a la orilla del río, resultó ser todo un éxito. Super moderno, con restaurant de vidrio sobre el río, barquito privado para llevarnos a la estación principal del Skytrain (una especie de metro, pero que va por el aire), piscina en el sexto piso con vista sobre el río y hasta 7eleven y Starbucks dentro. (Como era de esperarse, mi mamá no se peló ni un día de cafés y galletas. No la culpo. Se veían delish)

Una vez que salimos de la buena impresión del hotel, nos activamos y decidimos que no había más tiempo que perder. Sin titubear, aunque no del todo seguros dónde íbamos a parar, nos montamos en el barquito del hotel, que nos dejó en la estación del Skytrain. Gracias a la ayuda de mi inteligentísimo iPhone, y siguiendo los excelentes consejos de Mikey y Marise, nos fuimos de una para Siam Square a ver la casa de Jim Thompson.

Al llegar al Siam station, tuvimos nuestra primera impresión de choque de culturas y disparidades a lo Indian Style. La estación de Siam desemboca en un complejo de 3 o 4 malls super modernos, repletos de las tiendas mas fancy y caras del mundo, que se conectan entre si y abarcan 3 cuadras o más. Pero si sales a la calle, te topas con una avenida a lo Av. Fuerzas Armadas, con puesticos de buhoneros vendiendo sandalias, mangos y pinchos de cualquier vaina de lado y lado. Lo sorprendente y agradable, es que esta ciudad no está sucia, a diferencia de cualquiera en la India o en América Latina.

Luego de unos 5 minutos caminando en un calor sofocante y asqueroso, sin estar muy segura de para dónde quedaba la casa de Jim Thomson, sintiendo un poco de odio (comprensible, nada grave) por parte de mi mama que ya estaba agobiada, decidimos preguntar. Pero a pesar que la casa del Thompson aparece en todas las guías como un top to see, nadie de los locales tenía la más remota idea de qué carajo era eso. Luego de tres preguntadas más y quedar en las mismas, ya la malacrianza de mi mamá estaba empezando a salirse de control y mi papa me veía con cara de “panita consigue la vaina ya o esta nos va a matar”.
Por fin, entre señas y un cartelito minúsculo que encontramos en la calle, llegamos a la casa del man este. Al pagar la entrada hubo momento de pánico: me di cuenta que había dejado una de las tarjetas de crédito de mi mama en el ATM del aeropuerto. Casi me pongo a llorar de la angustia y la pena, pero inmediatamente nos dimos cuenta que mi mama tiene dos, así que solo teníamos que cancelar esta y no había mayor daño.

Luego de la serie de episodios no tan chéveres, por fin hubo cierto grado de tranquilidad cuando nos sentamos a esperar que comenzara nuestra visita por la casa, que ya de entrada se veía alucinante. Sin decepcionar ni un poquito, la casa de este americano emprendedor y arquitecto, es brutal. El tipo sin duda que aprovechó bien sus estudios de arquitectura en Princeton e hizo muy buen uso de su fortuna proveniente de la industria de la seda, para armar esta fusión perfecta entre la arquitectura tailandesa y el estilo de vida occidental.

Al salir de ahí, nos topamos con un local de masajes, y como no había razón para postponer el placer, nos lanzamos de cabeza a darnos nuestro primer, de muchísimos, masaje tailandés! (este no tuvo happy ending, pero estoy segura que mi papa va demasiado pendiente de uno)

Masajeaditos y mas relajados, volvimos al Siam Paragon, en búsqueda del famoso restaurant que nos recomendó Mikey, quien gracias a sus estupendas e interminables conexiones, siempre sabe los spots donde comen los que saben. La búsqueda no estuvo fácil, pero cuando ya casi estábamos a punto de tirar la toalla, encontramos el dichosos restaurant. Siguiendo consejo, pedimos la sopa Tom Yum, el pescado frito con sweet chili, además de unas bolitas de pescado con curry hechos en hojas de plátano. En concusión, y para no entrar mucho en detalle: Hasta el gordo alucinó con la comida, a tal punto, que al volver a Bangkok, no lo vamos a pelar.

Con la barriga llena, la boca picadísima, y con una muy buena introducción de Bangkok, agarramos nuestro tren de vuelta para el hotel emocionados por lo que aun estaba por llegar. 

 


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