jueves, 30 de mayo de 2013

De Chiang Mai pa Chiang Rai

-->Sin muchas ganas de irnos de Chiang Mai, ni medio de transporte definido para nuestro próximo destino, llegamos a la estación de autobuses de Chiang Mai.

Así como la estación de metro, la de autobuses es muy sencilla, limpia y decentica.

Nos tomó unos minutos entender que la movida para comprar los tickets es cual cajero de banco. Agarras tu tickecito y esperas a que suene tu número. De lo más avanzados estos tailandeses! Gracias a los datos de Lonely Planet Guide, compramos tickets hacia Chiang Rai en una línea de autobuses de lujo llamada “Green Line”, que resultó siendo una maravilla.

Cuando nos montamos en nuestro autobús de lujo, nos esperaba en cada asiento una galletica (que mi mamá no esperó ni que saliéramos para zamparse la de ella y la de mi papá) y una botella de agua, además de un menú de lo mas cuchi, que te ponía una lista, tipo las que ahora te dan las aerolíneas, con toda una variedad de munchies y bebidas que venden a bordo. El autobús como tal estaba en perfecto estado, las sillas reclinaban mejor que en un avión y la pulcritud del baño era tan deliciosa que fui a hacer pipi hasta cuando no tenía ganas, solo por usar el bañito.

Chiang Rai resultó ser un pueblito bien pequeño, con un tumbado medio Morón, que no decía mucho de día. Pero por lo menos nos quedamos en un hotel/resort bastante decente, a la orilla del río, con una piscina divina y un lobby elegantísimo.

Como eran solo las 2 de la tarde cuando ya habíamos paseado el hotel, hecho check in, revisado nuestra no tan glamorosa habitación, y revisado las posibilidades no muy variadas de planes en Chiang Rai, decidimos que era hora de explorar lo que fuera que había en ese pueblito, porque eso de quedarnos en el hotel patas arriba, no es precisamente nuestro estilo.

Nos lanzamos a caminar por el borde del río, pasando por unas casitas bastantes pobrecitas a los lados, que nos desembocó en una especie de mercado chino, donde habían tienditas de ropa horrenda que costaba como 50cents de dólar,  mezclado con tarantines de comidas y frutas, no tan apetitosos y uno que otro puestico de cachivaches all made in China.

Por fin pasamos unos templitos que se veían bastante lindos, y luego una avenida con sendo monumento dorado sofisticado, con un reloj en el tope, que contrastaba con una calle bastante feucha rodeada de talleres de motos y uno que otro cafecito decente.

Sofocados por el calor, y añorando que se hiciera más tarde para visitar la única atracción turística del lugar, que para variar era un Night Market, decidimos que lo mejor era darnos un masajito!! Aquí lo del masaje nos sale más barato que ir a tomarnos un café y un dulcito, y en lo que a mi respecta, me parece mil veces mejor plan. Así es que sin mucho titubear, nos metimos en el primer huequito de masajes que encontramos a consentirnos una vez más.

Los masajes, en mi opinión, no dieron la talla, pero para pasar una hora echado y con alguien que asi sea te sobe los pies, estuvo suficiente. Al salir, seguía siendo demasiado temprano, por lo que decidimos volver al hotel, para que nuestra ballenita se refrescara en la piscina del hotel y mi mamá descansara viendo televisión sin mucho esfuerzo. Ya cuando cayó el sol y salimos de la piscina (yo me terminé anotando en el plan de la piscina, que resultó siendo delicioso), volvimos al mercado nocturno de Chiang Rai para ver qué delicia local nos comíamos por ahí.

Chiang Rai es otra vaina de noche. El pueblo feo con tumbado Morón que habíamos visto hacía un par de horas, ahora era un festival de luces, ventas de artesanías, shows de bailarinas tailandesas (no pornográficas) y una placita de comederos brutal!!! Era un paraíso de fritangas tempurizadas, de esas que le encantan al gordo, junto con unos cuantos puesticos de Padthai y otras versiones de fried noodles estupendos y otros que servían una versión de fondue tailandés, al que ellos llaman Hot Pot.

Yo salí disparada para uno de los de Padthai, donde terminamos comiéndonos uno con cangrejo y otra versión de la que viene envuelta en una tortilla de huevos. Unos 3 puesticos más allá, nos topamos con otro que hacía otro tipo de noodles que se veían divinos, y luego de velarle la comida como lambucios a los turistas que comían ahí, nos pedimos nuestro plato, aconsejados entre señas y palabras, por dueño del tarantín.

Ya a estas alturas estábamos hasta el cuello de noodles y vainas, pero aun así, no parábamos de ver los “hot pot” de los de al lado, que de vaina nos invitan a sentarnos con ellos. Pero no tuvimos más remedio que quedarnos con la intriga y esperar que en otro sitio hubiera algo parecido.

Después de todo, Chiang Rai no fue tan malo. No será una belleza como Chiang Mai, pero terminamos comiendo divino, viendo bailecitos típicos de lo más bonitos y pasando un rato bien tranquilo, para prepararnos para nuestra aventura por el Mekong, que cruzaría la frontera, con destino a Luang Prabang

No hay comentarios:

Publicar un comentario