domingo, 12 de mayo de 2013

Bangkok with Style


Desde que pisamos Asia, todos los días habían sido al estilo de viaje agotador, desenfrenado y frenético que suelen caracterizarnos a al gordo y a mi, pero como todo tiene un balance, hoy nos tocaba conocer al estilo Diosa.

Del hotel salimos con chofer, camioneta impecable y guía turística de perlas y todo. Mi mama irradiaba felicidad, y yo, no puedo negar, que también.

El primer destino fue Chinatown, solo para visitar el templo del Buda de oro, que fue recuperado hace unos años, cuando descubrieron que había sido cubierto de lodo por los tailandeses, para protegerlo de los Birmanos cuando hubo la guerra. El templo super bello, con su estilo típico tailandés, y digno de quedarse un ratico admirando los detalles minuciosos.

Al salir de allí, sofocados por un calor inclemente, dimos gracias totales de tener una camioneta con chofer esperándonos con pañitos húmedos para refrescarnos. Y luego de recuperar el aliento, paramos en el mercado de las flores. Flores de todo tipo, decoraciones hechas con ellas, ramos de rosas por menos de 1$, pulseras, collares y demás, todo de flores. Mi mamá enamorada y mi papa en su happy gay moment. De verdad que nunca había visto algo así, y aunque no soy fanática de las flores, lo recomiendo enormemente.

De allí, nos fuimos a ver al Buda reclinado. Sendo templo!! Era como el paraíso arquitectónico del gordo, que bailaba de emoción tomándole fotos a cada techo, cada escultura, cada Buda. Tan emocionado estaba, que hasta le pidió a mi mama que le tomara una foto con su Buda (el cual se adjudica dependiendo de tu día de nacimiento). Que como era de esperarse, es el Buda de la felicidad y el placer. (el hedonismo le brota hasta en las figuras Budistas)

Cautivados a más no poder, salimos de allí para tomar un barquito privado que nos contrató la guía, quien muy amable y eficiente, nos tenía un plan perfecto de visita. Sin ella no hubiéramos podido ver ni la mitad de las cosas que vimos, y yo, que usualmente odio andar en plan turístico, debo admitir que en ciudades así, es super útil tener un guía de confianza, que en nuestro caso, nos recomendó una buena amiga.

El paseo el lanchita enamoró a mi mamá. Paseamos entre los canales de Bangkok, entre casitas tipo palafitos, donde vive gente corriente, que vacilan su vida de la ciudad a un estilo bien original. Y para sumarle a la experiencia y el entorno tan cool, nos ha pasado un lagarto de Comoros nadando feliz por un lado. Mi papa casi se lanza de la lancha de la emoción. Tal es la impresión, que no ha parado de hablar del lagarto ni un dia.

Al volver a tierra, extasiados por el paseo y los templos y medio dopados por el calor infernal,  corrimos a nuestro refugio de aire acondicionado que nos esperaba con agüita fría, pañitos de nevera y, listo para llevarnos, sin ningún esfuerzo al Gran Palacio.

Sin duda, este es el papá de los templos y la expresión máxima de arquitectura y esplendor tailandés. Es, el sitio mas impresionante desde un punto de vista de arquitectura que haya visto en este país. Cada esquina es un lujo, un detalle, una figura, un brillo, un buda. Es como para internarse un día a recorrerlo sin apuro, sentándose en cada esquina a meditar y contemplar la belleza en su máxima expresión. En algún momento, espero que no muy lejano y con un clima más soportable, volveré a este palacio (que mas que un palacio es un templo) a perderme entre cada edificio sin apuro ni plan.

Al terminar nuestro recorrido, paramos a comer en un restaurant, frente al monumento de la democracia, que nos llevó nuestra guía. Nada especial, tan poco especial, que ni me detengo en explicar lo que comimos. Una vez que llegamos al hotel y mi mama se despidió tristemente del carro y el chofer, nos fuimos de aventura a un lugar llamado Asiatique.

A la orilla del río, a menos de 5min de nuestro hotel, está el paraíso del shopping de mercadillo. Lo que una vez fueron unos galpones, hoy en día lo han convertido en el mercado más original y cool que alguna vez haya visto en este continente. Todos los galpones se conectan entre si, abarrotados, de una forma muy ordenada, de puesticos y puesticos que venden desde ropa, artesanía y juguetes, hasta especies, cuadros, alfombras de lujo y demás. Hay para todos los gustos y presupuestos. Y en el medio, como no podía faltar en Tailandia, hay una montón de restaurancitos de comida rápida asiática, que incluyen sopas, noodles, parrillas, sushi, y toda vaina, en un estilo maás de feria de comida que de chiringuitos de calle.

Al borde del rio hay unos cuantos restaurantes más elegantes y caros, que se extienden a lo largo de un deck super bello y primer mundo, donde la gente, en su mayoría locales, vienen a pasar el rato y a tomarse unos traguitos.

El día, fue todo un lujo. Entre el lujo de los templos, el lujo del carro con chofer, el lujo del mercadillo primer mundo con tumbado asiático y el lujo del masaje impelable al salir del Asiatique, terminaba uno de esos días que te quedan en la memoria, y que cuando los recuerdas, te entra una nostalgia deliciosa, que te reafirma lo depinga que es viajar y vivir. 

 

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