jueves, 9 de mayo de 2013

Aventuras por el Sureste Asiatico


Luego de un buen tiempo vuelvo a escribir. Yo, en estos momentos de mi vida, escribo para que otros, y yo misma, se rían, viajen y gocen con mis cuentos. No hay nada mas sabroso que tomarse un tecito y leer una vaina divertida.

Yo, no tengo el don de “Autismo autoinducido” de mi mama, que puede estar en un estado de Buda en la septima estupa sin ser afectada por nada. Por lo que viviendo estos ultimos meses en el ambiente tan hostil de Venezuela, lo unico que salia de mi era rabia, frustracion e impotencia. Y pa’ eso, mejor no escribo. A nadie le gusta tomarse un tecito y leer algo que mas alla de dejarte, te quita. Ya suficiente tiene uno con vivirlo.

Dicho esto, y esperando que haya sido un argumento valedero para mis lectores que han puesto quejas, me complace anunciar que mis aventuras por el mundo han comenzado de nuevo, so here we go!!

Mi primer destino: Kowloon/Hong Kong.

Luego de casi 20 horas en total de vuelo, con el horario totalmente volteado (literalmente, son 12horas de diferencia) por fin llegamos a las 5am al aeropuerto de Hong Kong. Un aeropuerto bastante cool, nada muy extravagante ni diferente a los europeos, pero sin duda, digno de un país de primer mundo. Obviamente, no hizo falta agarrar taxi, porque el tren express, era ya todo un lujo.

El metro, como era de esperarse, pulcro, con vagones que, como decía el gordo, parecían de juguete. (Creo que si hubieran vendido una replica en miniatura, mi papa se los hubiera comparado y los hubiera puesto a dar vuelticas por la sala de la casa). Además de bello e impecable, el muy estimado gobierno de Hong Kong ofrece WiFi gratuito por todo el metro para sus usuarios (Bingo!! Eso si es democratización de la información).

Una vez que dejamos nuestras cosas en el hotel, nos fuimos emocionadísimos para el centro de Kowloon. Era domingo y además las 7am: A esa hora la gente normal duerme. Una vez que nos dimos cuenta de que todo estaba cerrado, a excepción de los lugares de comida, decidimos que lo mejor que podíamos hacer era buscar donde comernos nuestros primeros Dim Sum! (Así como para no  perder la rutina de los domingos en el Bosque). Nos portamos bastante decentes, solo nos comimos como 4 cestas y 2 mega cervezas, pero considerando que no eran ni las 9am, dimos la talla.

Al salir a la calle, ya no sabía si era efecto del trasnocho brutal, los dim sum, la emoción, o todas las anteriores, pero por un momento me sentí como en “Querida encogí a los niños” de tiendas de diseñadores de moda. Todo a mis lados eran edificios de tiendas de diseñadores, mezclado con joyerías y chiringuitos chinos. Es como el paraíso de un Shoppoholic. Por donde veas hay tiendas, luces, gente, ruido. Es un Chinatown pimpeadisimo. Nunca habia visto tantas boutiques Cartier, Armani, Bvlgari, etc juntas y repetidas en cada cuadra. 

Una vez que salimos de la impresión, y aceptamos penosamente que no íbamos a comprar un nuevo reloj Patek Phillipe ni un traje Armani, decidimos retomar nuestra actitud aventurera y caminamos por la gran Nathan Noad. Una avenida ancha, inundada de edificios infinitamente altos, que, luego descubrimos, eran todos malls verticales.

Esta es la ciudad vertical. Todo crece para arriba y nada es lo que parece desde abajo. Dentro de los edificios hay tiendas, restaurantes, mercados, cafés, cines, IMAX, y cuanta otra cosa a uno se le pueda ocurrir.

A un lado de la avenida, creando un contraste brutal a este Tsunami de concreto, está el famoso parque de Kowloon, pero como el agotamiento nos tenia brutisimos, solo nos asomamos y lo dejamos para un después que no llegó sino dos días más tarde.

Luego de unas 3 horas perdidos entre relojerías de lujo, maás tiendas, y rascacielos, por fin desembocamos en el puerto que mira al propio Hong Kong. A pesar de la nubosidad densa y pegostosa que había ese día, bastante parecida al funcionamiento de mi cerebro a estas alturas, aparecía el Skyline mas brutal que he visto en mi vida!

Entre las nubes aparecían flotando una fila interminable de rascacielos. Todos hechos de vidrio con acero, con pantallas de LED gigantes en su tope, compitiendo entre si para ver quien era mas alto, mas moderno, mas brillante, mas caro.  Hasta este instante, nada me había volado mucho los tapones, pero luego de ver el Skyline de Hong Kong, fue que entendí, que estos panas están en otro nivel.

Las energías ya no nos daban sino para admirar babeados desde este lado del agua al centro financiero mas poderoso del continente asiático. Pero como todo lo bueno se hace esperar, no nos quedo más remedio que resignarnos e irnos al hotel a descansar esta paliza de jet lag y mugre de avión que ya venia acumulando más de 48 horas.

 

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