Cuando la gente me dice que en
Caracas no hay nada que hacer, yo debo admitir que nuestra ciudad capital no es
precisamente la fuente mas diversa de ofertas de entretenimiento, pero si uno
se pone un poquito creativo y aventurero, la cosa se puede poner buena.
Esta mañana, me tocó madrugar a las 7:30am(para mi esa hora
es grave) solo porque el plan ameritaba renunciar a mis preciadas horas de
sueño. Luego de una breve sesión de gritos incoherentes del gordo, y unos
pedacitos de patilla estupendos, nos montamos en la moto, manejamos por la
autopista, espectacularmente vacía, y llegamos al exótico Parque del Este.
Como ya lo he repetido varias
veces, el Parque es siempre un buen plan. Vayas a trotar, a hacer un picnic, a
echarle los perros a alguien, a leerte un librito, a ver los pajaritos o lo que
sea. El parque es sin duda un excelente comienzo de día.
Después de haber echado un
trotadita, mientras el gordo y su amigo Gonzalo caminaban criticando cada
detalle arquitectónico o paisajístico del lugar, agarramos nuestros cascos
donde la panita de los jugos que, según mis teorías, me cuida la moto mejor que
un policía, y seguimos la aventura hacia la zona del Bosque.
Ya algunos deben saber por dónde
va la cosa. Y no es muy difícil adivinar, pero para los que no lo saben, todos
los domingos los chinos del Bosque montan un mercado y sirven un Brunch de Dim
Sum dignos destacar!
Como es de esperarse, el
restaurancito que sirve los mejores Dim Sum, es el más feo de todos, pero, muy
importante, es el que está rebosando de chinos de pura sepa que comen sin
ningunos modales y te miran con cara de asco si les hablas en español.
Una vez que entramos, como ya
tenemos experiencia, ya sabemos que la movida es buscarte tu mesa, agarrar un
papel donde te anotan lo que comes y salir corriendo para la esquina donde
llegan torres de laticas con porciones de Dim Sum calienticos al vapor de todos
los sabores y para todos los gustos.
Cuando te acercas a la esquina
de los Dim Sum, es toda una experiencia apuntarle a las chinitas las diferentes
latas y descifrar qué es lo que ellas dicen. A tal punto, que la cosa se
convierte como en una especie de lotería. Yo he optado por llevarme bandejas
con 3 tipos y dejarlo a la suerte si son ricos o no. A veces hay de vegetales, a veces hay de cochino,
a veces les pides de camarón y te terminan dando de pescado. Uno nunca está muy
seguro qué esta comiendo, pero creo que eso es parte de la aventura.
Si te pones más extreme, te
lanzas una de Bizarre Foods como hace mi papa, quien no le tiene miedo a las
patas de gallinas amarillas, ni a las costillas huesudas, ni a las carnes de
origen dudoso, y se come toda la gama de carnosidades y se goza la experiencia
con tanta intensidad que hasta las chinitas le tienen cariño.
Luego de este festín, como parte
final de la aventura, cruzamos la calle y entramos al mercado. Este también lo
hacen todos los domingos, y venden todo tipo de vegetales chinos, patos enteros,
bálsamo chino, pulseras horrendas, y cuanta vaina más come y usa esta gente. La
clave está en tomársela con calma, porque a veces consigues cosas bien cool. Y si no consigues nada, por lo menos completas
la experiencia jugando a que estàs en algún rincón de un pueblo en las afueras
de Beijing.
Caracas no tendrá un Chinatown
como el de NY o el de San Francisco, pero debo admitir que los domingos del
Bosque los disfruto un montón.
