miércoles, 12 de diciembre de 2012

El rancho español

Desde bien joven, he tenido la oportunidad de estar en Madrid por periodos de tiempo más o menos largos, lo que me ha permitido obtener una impresión bastante cercana de la vida cotidiana de esa ciudad: hacer amigos locales, jugar básquet en sus canchas públicas, merendar mazapán en la Mallorca, comer de madrugada en los Vips, ir de botellón como cualquier otro adolescente, etc, etc. La verdad es que mal no la he pasado, pero por alguna razón, Madrid y yo no tenemos química.

Sin embargo, hace unas semanas, aprovechando que estaba de paso, decidí quedarme un par de días en la ciudad para visitar unos amigos y recordar viejos tiempos caminando por las calles impetuosas de la que un día fue la capital del gran imperio español.
 
Luego de haber visitado a mis amigos, me embarqué en uno de mis maratónicas caminatas, decidida a ponerme al día con la ciudad y entender, luego de 5 años de ausencia, qué era lo que estaba pasando en la capital de uno de los países europeos mas afectados por la crisis.

A los 10min de haber comenzado a caminar, me tuve que parar en un "Rodilla". Para los que no los conocen, estos son una especie de McDonalds españoles donde en vez de vender hamburguesas y papitas, venden bocadillos, tortillas y zumo. Mi intención no era de comprar nada, sino de conectarme al "WiFiGratis" que ofrecían para poder usar mi iPhone por un momento. Yo, acostumbrada a USA, Berlin y Paris, asumí que sencillamente podía entrar y conectarme, pero la realidad era otra. Cuando traté de conectarme, me pedían una clave de consumo, así que me acerque a la cajera y le pregunte que si podía comprar un zumo para poder obtener la clave del internet. Cuando le voy a pagar con tarjeta, la cajera me pone cara de insulto y me dice que no puedo pagar sino con efectivo, y como yo no tenía efectivo, tuve que devolver la orden y buscarme otra opción. Inmediatamente, se me ocurre decirle a la señora que tengo atrás, que si ella no va a usar el internet, si sería tan amable de dejarme usar su clave. Yo, muy inocente y pendeja, no le veía nada de malo a eso, pero una vez mas, me pusieron cara de asco y me mandaron pal carajo. La verdad es que no entendía el estado de amargura y poca cordialidad colectiva. Así que decidí no darme mala vida y seguir mi aventura.
 
Ya cuando estaba más cerca de la Plaza del Sol, decidí darme una vueltica por una calle donde estaban unos restaurantes que me gustaban mucho a ver si me comía una buena dosis de mejillones. La zona estaba a reventar de turistas y locales gozando de los últimos días de temperatura decente, así que, esquivando la muchedumbre, por fin encontré el sitio. Para mi sorpresa, estaba cerrado, pero el dueño estaba adentro. Cuando me acerco, le pregunto que por qué tiene el local cerrado, un domingo, y viendo que la zona esta a reventar de gente. Su respuesta: "Pues tía, porque hay que hacer la siesta". Yo, buscando dentro de mí la forma mas diplomática de decirle "no seas re bestia, que por eso es que este país esta quebrado", me puse a explicarle que si no dormía la siesta hoy, podría facturar mucho mas, usar ese dinero para unas vacaciones y dormir todas las siestas que no durmió los domingos, y bla bla bla. El tipo me miró de arriba a abajo para ver si yo era un alien, y con una flojera tipo Garfield, me dijo que yo no entendía, y que mejor volviera en la noche para tomar unas cañas y ver al glorioso Real Madrid.

Ya en la noche, cuando por fin me reúno con un amigo NO español, nos vamos a un bar bien pintoresco, por Salamanca, donde se especializan en cerveza y tapas para ver el partido. Cuando llegamos, nos paramos alrededor de una de las mesas altas, que tenia un sifón de cerveza en el centro. A los 10 min, como no nos llega nadie, nos acercarnos a la barra, donde nos atiende una muchacha de más o menos 30 años y un aspecto bastante decente. Al preguntarle por la cerveza, nos dice que si hay. Como no entendimos muy bien eso de que "si hay", mi amigo le pregunta de qué se trata el sifón en la mesa? Ella, con un aburrimiento digno de las cajeras de mercería en la Av. Urdaneta, nos dice que eso también sirve. Que ya nos lo abre.

Al rato, nos acercamos nuevamente para pedir algo de comer, y cuando ya estamos decididos por 2 o 3 tapas diferentes, le decimos a nuestra poco entusiasta anfitriona que si puede mandar a prepararlo. Pero que va. Cuando le dijimos lo que queríamos nos puso cara de desagrado y nos dice: Pues mira, de eso no hay. Porque hemos estado muy ocupados con lo de la pagina web y no nos ha dado tiempo de ir al súper. Por qué no mejor pides otra cosa?? Nosotros, que ya no sabíamos si reírnos o sacar el celular para grabar la situación, mantuvimos nuestra cordura, y buscamos otra cosa en el menú. Pedimos, la muchacha volteó a la cocina, como si realmente no supiera ya la respuesta, y nos responde: Anda tía es que tampoco tenemos de eso.

Era realmente incomprensible que, siendo el fuerte de este bar servir durante los días de partidos de fútbol, y el día que juega el equipo de la ciudad, no tuvieran nada. Eso definitivamente no va muy acorde con lo que aprendí en mis clases de negocios ni con la lógica mas básica de cualquier persona que quiere ser exitosa.

Ya la situación era ridícula. La risa no la pudimos contener más. Así que no nos quedó remedio que decirle a la muchacha que mejor nos dijera ella qué había y nos trajera lo que fuera. Terminamos comiendo unas pechugas de pollo encebolladas TAN incoherentes y poco madrileñas que daban ganas de llorar, pero nos compensaron con unas angulas y unas aceitunas tan ricas, que te recordaban que no todo estaba tan mal.

Hoy, luego de reflexionar los episodios de aquel día en Madrid, no me queda otra que reafirmar que el rancho y la pobreza se llevan en la cabeza. Esos españoles podrán tener unas plazas bellísimas, unas iglesias impresionantes, una comida muy buena, un fútbol de primera, pero todos esos no son más que cosas y costumbres del pasado, que si no son acompañados por una educación y un sistema que premie la proactividad y el progreso, este país tan sabroso y agradable, quedara cada vez mas rezagado en la cola de un continente que no tiene tiempo de esperar por nadie.







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