Este post no es precisamente
sobre los conejos que viven en Chiang Mai, sino de los conejos de nosotros que caímos
mansitos e inocentes en la trampa de los guías turísticos de las agencias de
Eco turismo de Chiang Mai.
Si mal no recuerdo, hace unos
días mencioné que, al llegar a la estación de tren, sucumbimos a comprar un Eco
tour por las montañas de la región, donde nos pintaban paseos exquisitos en
elefantes, rafting “super emocionante” en balsitas de bambú, visitar a unas
comunidades interesantísimas y raras, unas cascadas “breath taking” y, como si fuera poco, una comida local de chuparse
los dedos.
No somos particularmente de los
que agarra tours turísticos, ni se apunta en esos grupitos de japoneses en
cambote, pero como la cosa sonaba interesante, decidimos darle una probadita.
Temprano en la mañana, llegó a
buscarnos la Van con todo el grupo de los otros conejos, que cayeron igual que
nosotros en la trampa, quienes nos veian desde adentro con sus caritas de
inocencia, cual vaquitas que van al matadero.
Una vez que el guía entra al
lobby por nosotros, el gordo descubre que perdió el voucher de pago! Que
vergüenza con la gente que esperaba por nosotros!! De la angustia mi mamá y yo
corrimos a la habitación, buscamos de arriba a abajo, y ya cuando estábamos
perdiendo la esperanza, apareció el dichoso papelito abandonado en una esquina
entre facturas. Al bajar, con el voucher en mano como si nos hubiéramos ganado
el Kino, descubrimos que la camioneta no estaba, y habían decidido seguir su
ruta, y buscarnos a la vuelta. Así que nos sentamos como niñitos regañados en
la entrada del hotel a esperar apenadísimos a nuestros compañeros de
“aventura”.
Luego de una hora y media de
camino, donde el gordo no paró ni un segundo de hablar con unos españoles que
conoció en la van, (mi mamá y yo nos compadecíamos de los pobres, porque seguro
los tenía atormentados), por fin llegamos al dichoso “rafting de bamboo”.
De rafting no tenía una carajo.
Nos lanzaron por un rio igualito al de Choroni, montados en una tablita hecha
de bambús amarrados, que iba toda torcida por el peso del gordo, e iba empujada
por un muchachito que se apoyaba con otro bambú en el fondo del rio. Mi mamá y
yo íbamos muertas de risa, no por la emoción del rafting, sino porque habíamos
venido tan lejos pa lanzarnos en un río igualito al del patio de atrás de
nuestra casa.
De allí, con los culos todos
mojados, nos llevaron al famoso campamento de elefantes. La verdad es que los
elefantes eran un belleza. Habían más de 5 elefantas y una de ellas tenía una
criaturita de 20 días de nacido que nos tenía a todos enternecidos.
Cuando a uno le dicen 20 días de
nacido, uno se imagina que puede cargarlo, apurruñarlo, hacerle avioncito y
demás. Pero la verdad es otra. El “elefantico”, a pesar de sus miserables 20 días
de nacido, era un grandulón, con una fuerza tal que cuando salía corriendo como
desenfrenado contra mi, de vainita me tumba. Lo más cómico es que el elefantico
era como alocadito y energúmeno. Corría desenfrenado hacia mi y en lo que trató
de agarrar una de mis sandalias, que abandoné cuando huía de él, le dio como un
ataque de histeria porque no pudo llevársela y salió corriendo donde su mamá a
descargar la frustración. Ese episodio, sin duda que valió todo el viaje. El
elefantico era la cosa más divina del mundo. Mi mamá hubiera dado lo que fuera
por hacerle “tunga tunga” en los brazos y papá de vaina se queda arrastrándose a tomar una siesta con él.
Al rato, nos llaman para dar el paseo en los
elefantes. Nosotros, emocionadísimos, nos lanzamos sobre nuestro elefante
listicos para un paseo delicioso. Pero la verdad es que de delicioso no tuvo
mucho, especialmente para mis padres, que iban sentados en una especia de silla
de metal durísimo que le montaron en la espalda, mientras yo iba sentaba sobre
el cuello, vacilándome una de la niña de la selva.
Mientras los elefantes se
encaramaban sobre los cerros, mi mamá se agarraba de la silla con cara de
pánico y el gordo no encontraba acomodo. Los españoles que iban atrás no
paraban de gritarle al elefante, quienes desesperados gritaban “este elefante
no para de tirarnos mierda”. Nosotros no podíamos de la risa. Entre los gritos
de los españoles que sufrían con su elefante, las mentadas de madre de mi papá
y los nervios de mi mamá que en cualquier momento se caía, el paseo resultó ser
un show.
Al salir de ahí, nos llevaron a
nuestro estelar “almuerzo”. Para ponerlo corto, nos sirvieron un tobo de arroz
y 3 platicos de vegetales hervidos con un picantico. Nosotros picábamos
discretamente los vegetales, así como para no llenarnos mucho para el plato
principal, pero cuando ya habían pasado más de 20 minutos, tuvimos que afrontar
la dura realidad de que el plato principal era esa tristeza de comida de
hospital que teníamos enfrente.
Con las barrigas llenas de arroz
y vegetales simples, nos llevaron a las famosas comunidades rurales. No quiero
ser despectiva, pero esta vaina era un pueblucho, más nulo que cualquier
pueblito perdido en un rincón de Venezuela, con unas señoras que nos querían
vender mantas, pulseritas, Red Bull y cuanta cosa les sobraba por ahí. A estas
alturas, ya yo estaba perdiendo la paciencia. No podía creer cómo se podía ser
tan conejo como para haber desperdiciado todo un día de viaje en esta
pendejada. Pero como ya estábamos ahí, y no había escapatoria, respiramos hondo
y seguimos nuestra “aventura”.
Una vez que nos libramos muy
educadamente de las señoras y las niñitas, y para cerrar con broche de oro, nos
fuimos a ver la cascada fabulosa. La cascada, como era de esperarse, era como
el Chorreron de Chuao. Ni más ni
menos. Muy bonita, pero, como dije arriba, tan lejos pa ver lo que tengo el
patio de mi casa.
Y ya cuando caía la tardecita,
nos montamos en nuestra van, ansiosos de volver a Chiang Mai, donde agarramos
inmediatamente nuestra moticos y fuimos a intentar recuperar el tiempo perdido.
Pero lo máximo que logramos fue ver por encima el Night Bazaar (que ni se le
acerca en calidad al de los domingos) y dar una vueltica de reconocimiento por
los bares la ciudad.
